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Gozo mucho más del alma que de la carne

30.11.2007


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Karen es una mujer bella por dentro y por fuera y goza de prosa precisa y verbo certero. Cuando me escruta con sus enormes ojos azules, mientras me explica arrebatos místicos, entiendo que sea popular para la audiencia británica. Karen ensayó desde muy jovencita su alternativa espiritual al destino manifiesto de esposa que le reservaba el sistema y ya no se ha vuelto atrás: "No creo en la pareja idealizada que nos vende el consumismo: no voy a soportar a un hombre anodino a cambio de una falsa seguridad y unos instantes de relativo placer". No será nunca la perfecta ama de casa, pero como teóloga no ha dejado de crecer con Una historia de Dios y ahora La gran transformación.

Tengo 62 años: disfruto más los destellos de placer del espíritu que los aún menores de la carne. A los hombres les cuesta tratar con una mujer inteligente. Fui bautizada anglicana, pero Dios no puede contenerse en una sola religión. La fe como la poesía: no se piensa, se siente.

Cuando tenía 17 años, lo único que podía hacer una mujer era vivir para el hombre: servirle el té tras el trabajo y darle niños sanos y fuertes... O hacerse monja.

¿Por eso se hizo monja?

Y porque creía que la vida espiritual acabaría con mi confusión de adolescente y así encontraría la iluminación y la paz.

¿Y...?

Por supuesto, no encontré la paz. En el convento deconstruyeron mi personalidad como hacen con los reclutas en los marines: te machacan el ego para que te conviertas en uno más del grupo y obedezcas sin razonar.

¿Eso es bueno para crecer de espíritu?

Para crecer como persona, hay que trascender el ego y dominarlo, pero no humillarlo. En un convento estás todo el día autoexaminándote y eso significa, en el fondo, estar pendiente de ti misma todo el tiempo: poner tu ego por delante. Y el propio ego te impide ver el todo.

¿No aprendía nada en el convento?

Se convirtió en una rutina sin sentido, así que siete años después lo abandoné y me fui a estudiar a Oxford. Empezaba el año 1969 y la juventud se ponía en marcha, yo también.

¿Cómo?

Saqué matrículas en todo y escribí una tesis monumental sobre poesía inglesa, pero me la tumbó de forma insólita un miembro del tribunal, famoso por arruinar carreras académicas. Fue un escándalo y salimos en la prensa.

¿Qué sucedió?

Los hombres de mi época no soportaban a una mujer inteligente: simplemente no entraba en sus esquemas, pero revisaron la nota y me dieron la razón a mí y le desautorizaron.

¿Y él qué obtenía con suspenderle así?

Nada. Perdió la mayor parte de su vida arruinando la de los demás. Pero su propio pecado es su castigo: nadie le devolverá esos años que malgastó en despreciar a otros por su ego.

¿Y usted encajó bien el contratiempo?

Yo comencé a sufrir ataques de epilepsia hasta que al final abandoné la universidad y me puse a dar clases en un instituto. Me derrumbé: era como volver al convento.

¿Cómo se hizo teóloga?

A los 37, la epilepsia me dejó sin clases. Escribí un libro sobre mi vida de monja y, cuando lo promocionaba en la tele local, me vio un productor de Channel 4 y me fichó para presentar una serie sobre san Pablo en Israel.

No suena a éxito de gran audiencia.

¡La tuvo! La televisión siempre sorprende a quienes creen conocerla. Yo aparecía sentada sobre unas ruinas en Palestina hablando de religión... ¡Y era líder de audiencia! Alos británicos les encantaba verme despotricar sobre cómo la Iglesia había desactivado el espíritu rebelde de san Pablo.

¡Cómo ha cambiado la tele!

Empecé a explicar desde Israel todos los trucos de las jerarquías religiosas para convertir los grandes misterios de la humanidad en rutinas de obediencia. Y la gente se enganchó a nuestros relatos. Y, sobre todo, ¡eran baratísimos de producir!

¿Hasta cuándo duró su fama?

Hasta que me atreví a hacer entrevistas: yo era mala entrevistadora porque creía saber más que el entrevistado. Y perdí la audiencia y, al final, el programa, pero en Israel había contactado con las tres grandes religiones y, al volver a casa, releí aquellos textos de los que me había reído en la tele... ¿Ha intentado leer alguna vez un texto religioso?

A veces he hojeado la Biblia.

¿Y no le parece ridícula?

Hay pasajes ciertamente anacrónicos.

Los textos religiosos dan risa si se miran con los ojos de la razón, que era lo que hacía yo hasta que una nota a pie de página de un estudioso del Corán me abrió los ojos: "Este texto debe leerse como se escribió: con mentalidad prerracionalista".

¿Prerracionalista en qué sentido?

Leer esos textos sagrados es como leer poesía: no se trata de racionalizarla, sino de sentirla. No se pueden explicar, porque explican lo inexplicable. Por eso, cuando una Iglesia reduce la religión a una serie de normas sin experiencia ni goce, la mata.

Y usted antes de obedecer quería sentir.

Y al sentir, entender y revivir lo vivido por aquellos hombres que sentían y hablaban del espíritu hace siglos: así empecé a curar mi dolor y mi rabia y a encontrar mi paz interior.

¿Puedo hacerle una pregunta personal?

¿Si tenía vida sentimental...? Sí.

¿Y sexual?

Tuve un gran amor muy intenso y después vino y volvió y se fue y volvió durante años. Pero ninguno de mis romances tuvo continuidad, porque de haber sido yo la pareja de un hombre, no podría haber hecho nada más.

Tal vez es usted muy drástica con ellos.

Los hombres de mi generación son así. Tal vez los más jóvenes ahora puedan vivir con una mujer sin robarle el alma, pero entonces era imposible: estabas a su servicio.

¿Cómo concilia usted la vida del espíritu con las urgencias de la carne?

Hace diez años que vivo sin relación, pero dudo que el pequeño placer que obtuviese me compensara de la servidumbre de pertenecer a un hombre. Con la religión he logrado destellos de goce más libre y cierto.

¿Qué religión le aporta más?

Con Ibn Arabi siento que Dios no puede confinarse a una sola fe.



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